Tranquilidad, ligero viento fresco.
Entonces encuentras la Puerta de Corcho.
Los vitrales verdes y el olor a oportunidad
te hacen jalar la puerta.
Por supuesto que tienes que esforzarte,
porque el material de la puerta la hace
difícil de hacer ceder.
Una vez dentro, risa, opiniones secretas.
Me encuentras, al que no habla,
que espera su relevo.
El que te va a destruir con palabras,
el que te romperá todos los dientes,
el que no le importa llenarse de sangre las manos,
el que solamente terminará su tarea y seguirá
su camino sin mirar atrás.
Pero sus cadenas están hechas de neuronas,
de regaños y abrazos parentales y convicciones propias.
Mi piel es ahora verde.
Verde como la envidia que siempre sentiré.
Verde como las paredes de esta guarida.
Verde como sus hermosas alas.
Verde como mi corazón que se pudre lentamente.
Dentro, el olor a oportunidad de olvido me
invita a quedarme, veo los vitrales y noto
que afuera llueve, que siempre lloverá.
Prefiero un rato de olvido que una vida
de completa, constante miseria.
Definitivamente el mundo te hace lo que eres.
Y en esto me convertiste.
La música me fortalece.
La realidad me debilita.
La Guarida me arropa.
Me quiero morir.
Me mata el silencio.
Pero mientras siga en la guarida,
no tendré la coordinación ni el valor
para querer abrir el gatillo de la puerta
[Qué conveniente diseño].
Solo.
Solo y triste.
Por siempre.
Gracias por hacerme así.
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